Alba
Hansel y Gretel
Había una vez un leñador muy, muy pobre que vivía junto a un enorme bosque con su esposa y sus dos hijos: un niñ…
Tenga para que se entretenga
Estimado señor:
Le envío el informe confidencial que me pidió. Incluyo un recibo por mis honorarios. Le ruego se sirva…
La comedia de las equivocaciones
De la oscuridad
De Herbert West, amigo mío durante el tiempo de la universidad y posteriormente, no puedo hablar sino con extremo terror. Terror que …
Corazonada
(Montevideanos, 1959)
Apreté dos veces el timbre y en seguida supe que me iba a quedar. Heredé de mi padre, que en paz descan…
La pereza
Aire frio
Me piden que explique por qué temo las corrientes de aire frío, por qué tirito más que otros al entrar en una h…
Una cancion desesperada
La tumba
Al abordar las circunstancias que han provocado mi reclusión en este asilo para enfermos mentales, soy consciente de que mi actual si…
Un médico rural
La tempestad
La educación de la mujer
A MI QUERIDA HERMANA
CATALINA DE BURGOS SEGUÍ.
El que desee hombres grandes y virtuosos, que eduque a las mujeres en la grandeza …
El grito del muerto
El grito de un muerto fue lo que me hizo concebir aquel intenso horror hacia el doctor Herbert West, horror que enturbió los ú…
Felicidad clandestina
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras t…
El gigante egoista
Cleopatra
(Montevideanos, 1959)
El hecho de ser la única mujer entre seis hermanos me había mantenido siempre en un casillero especial …
La bestia de la cueva
La horrible conclusión que había ido gradualmente imponiéndose en mi mente confundida y reacia resultaba ahora de …
El ruiseñor y la rosa
La mojigata
El señor de Sernenval, que rondaba los cuarenta años de edad, contaba con unas doce o quince mil libras de renta que gastaba c…
El jinete sin cabeza
Y el silencioso crepúsculo se arrebujaba entre la dulce meditación en que la llanura solía extasiarse. Las aves her&iac…