Juan Eugenio Hartzenbusch
El caballo de bronce
Niños, que de siete a once,
tarde y noche, alegremente,
jugáis en torno a la fuente
del gran caballo de bron…
El avaro y el jornalero
Todo su caudal guardaba
cierto avariento cuitado
en onzas de oro, metidas
en un puchero de barro.
Por tenerlo más s…
La rebanadita de pan
Ya sentado a su mesita
Basilio para cenar,
en su cuarto, sin llamar,
entrósele una visita.
Era una bella señ…
Las indirectas del padre Cobos
Célebres entre agudos y entre bobos
las indirectas son del padre Cobos;
mas como habrá sin duda quien aprecie
…
El comprador y el hortera
Cuentecillo forjado por deleite
parecerá sin duda la contienda
que se trabó en Madrid en una tienda
de vinag…
Los tres quejosos
—¡ Qué mal —gritó la monaque
estoy sin rabo !
—¡ Qué mal estoy sin astas !
—repuso el asno— .…
Las espigas
La espiga rica en fruto
se inclina a tierra;
la que no tiene grano
se empina tiesa.
Es en su porte
modesto el homb…
La alacena
Caminando un relator
del Consejo de Ultramar,
hizo noche en un lugar
en casa de un labrador.
Acompañaba al viajero
…
El jumento murmurador
—Señor, es fuerza que la sangre corra
—dijo al león solícita la zorra— ;
sin cesar el estúpido…
El dromedario y el camello
El camello le dijo
al dromedario :
— Comparado contigo,
¡cuánto más valgo!
—No cabe duda:
yo tengo…